Finales

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-“Que si por favor me puede poner el 3000 obstáculos”

-“¿Qué ponga qué?”

Clínicas CIO

– “El 3000 obstáculos, por favor”- demandé por segunda vez-

– “A ver chaval la gente está viendo otra cosa”.

En aquel chiringo de piscina presidido por una tele -vieja pero grande- ni dios prestaba atención al malsonante discurso de la princesa de Lavapiés (creo). Por eso me calenté. Me calenté y seamos sinceros, me bajé los pantalones; o lo que es lo mismo hube de tirar de toda mi capacidad de convicción para dar la vuelta al apático paisaje.

“¿Quiere que consulte a los clientes si les importa cambiar de canal nueve minutos más o menos? Verá, usted quizá no lo sepa, pero hay una chavala de aquí al lado, de Palencia, hija de cerrajero, que ha corrido conmigo desde cría y que resulta que en diez minutos puede hacer historia, o lo que es lo mismo, conseguir una medalla de olímpica para España. ¿Cómo lo ve? ¿Quitamos a Ama Rosa nueve minutos? ¿A usted le importa amigo?¿Y a usted señora?¿Y a ti chavalín?”

La mal encarada camarera, el señor de la gorra de Repsol, la arrugada (fashion victim) señora de las gafas, el crío del cornete y los otros seis mangantes de los cachis estaban convencidos.

“Toma toma a mi me da igual”, creí entender mientras huía hacia la cocina. De repente la tele cambió de canal. Final Olímpica femenina de los 3000 metros obstáculos, primera prueba superada.

Disparo y a correr: ¿Quién es la nuestra? -Dijo el del cachi- ¡Joder la rubia Javi, la de la cinta en la cabeza!, la del traje de España, esta ya ganó algo el año pasado, menudos huevos tiene. Mírala mírala ya va para adelante, la rusa las negras y ella, menudos huevos tiene, te lo digo yo –contestó con tanta seguridad como conocimiento de causa su colega –

Vuelta a vuelta todos empezamos a meternos en la película. El de la gorra de Repsol no se aguanta, se levanta: “Vamos Marta ¡Vamos ostia! Ahí quieta, no la dejes pasar por dentro, que se abra ella, que haga más metros” –este tío ha corrido, pensé-

¡La están venga a dar, la van a tirar joder! –parecía suave “la arrugada”-

¿Cuántas vueltas son? ¿Cuántas veces pasan el charco ese?

Entre voces y preguntas me veo obligado a intervenir.” Pasan el obstáculo cuatro veces por vuelta, tranquilos, Marta está corriendo muy bien. Atentos. Quedan menos de tres vueltas así que entramos en el último kilómetro”

Aquello empezaba a ser surrealista: Todos levantados, voceando: ¡Vamos hija! ¡Venga que entras en la última vuelta! ¡que sólo te queda por pasar a la Rusa, a la de azul ¡VAMOS! ¡Salta!

De repente un dramático y ensordecedor ¡OOOOHHHH! Invade el chiringuito. ¡No Marta! –y se hizo el silencio-

Marta al suelo. Simultánea y coreográficamente todos manos a la cabeza, cuellos girados y miradas clavadas en mí. Todos con la misma impotencia.

Por si era poco el drama, la camarera, saliendo histérica de la cocina espeta un ¡Se levanta! ¡Se levanta! ¡Vamos hija!

Efectivamente Marta Domínguez (o lo que queda de ella) grogui, con la mirada perdida, se levanta, gira sobre su propio eje y con las mismas … al suelo otra vez.

Pocas veces me quedo sin palabras, ésta fue una de ellas. Con el cornete casi acabado, el crío que como el resto, no entiende nada, me pide explicaciones ¿Y ahora qué?

Sólo me salió “Pues ahora nada hijo, no ha podido ser. Tendrá que seguir entrenando como una perra, por lo menos, otros cuatro años”

Pasado el tiempo he pensado la de cosas que le podría haber dicho a aquel chavalín.

Por ejemplo, lo idealizado que tenemos el deporte de élite. Esa modalidad en la que el deportista sólo cobra o es reconocido en función de lo rápido que corra. Situación que invita a algunos a cruzar la línea roja. Esa línea prohibida que separa a un deportista limpio, sacrificado, sin remordimientos a posteriori, de un deportista igualmente sacrificado y capaz que decide tomar el camino de la trampa para llegar a objetivos no tan realistas.

Me pregunto muy a menudo por qué aceptamos mejor socialmente por ejemplo a alguien que ha dado positivo en un control de alcoholemia mientras conduce, poniendo en riesgo la vida de otras personas que a un deportista que ha hecho trampas en su deporte.

La respuesta es sencilla. Basta con recordar cómo -a miles de kilómetros- empujaba a Marta la gente de aquel chiringo, cómo la gritaban para que se abriera un poco a la calle 2, cómo la defendían cuando recibía un codazo o cómo se emocionaban cuando se ponía segunda a falta de vuelta y media.

También lo explica el ensordecedor silencio al tropezar con el obstáculo y desvanecer el sueño olímpico, probablemente poco realista, de muchos aficionados como yo.

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